Cuando llega la noche, al ir a acostarme, me muero de miedo y no hay nadie junto a mí para arroparme y consolarme. Aunque en la pieza dormimos cuatro personas, mis padres, mi hermana y yo, igualmente sé que necesito, porque no me queda otra, que pase el tiempo, solita en mi cama.

El tic tac exagerado del reloj no hace mella en mí. El miedo sí, que me esmerila, me aplasta, me afiebra verdaderamente, por ese motivo imagino que estoy dentro de la pared, así, solo así no me atacarán las entidades malignas, los monstruos.

Dentro de la pared, como imagino en mi mente febril, estaría a salvo para comenzar a ascender por el interior de ella, comenzar a ascender para alejarme de lo malo, lo perverso, lo terrible… la muerte.

Es tal el esfuerzo mental que hago para no derrapar que cuando asciendo lo suficiente, incluso más allá de la pared, sigo y sigo subiendo como un globo de elio.

Y en mi desvarío, recuerdo que una vez, y de repente, se me aparece una mujer que se desprende de una constelación, corre con su hijo, un querubín hermoso que en sus manos lleva un arco y su flecha, ( con el tiempo supe quiénes eran) van rumbo al río escapando de sus propias muertes, los veo pasar nítidamente.

Por eso los recuerdo bien, y con el tiempo llego a saber que corren hacia un río para convertirse en peces. 

Llegado un cierto punto, mi mente no puede sostener más tal imaginación y comienzo  a descender, o directamente algunas veces caigo  por el interior de la pared ¡Qué horror me causa  tal descenso involuntario! ¡Por qué no puedo sostenerme en el aire el tiempo que necesito para dormirme! Si, todo, todo lo hago para escapar de la tan temida muerte.

Así entre ascenso y descenso el tiempo vuela sin volar, ese tiempo antes de dormir, a solas en mi cama, es un infierno en el cual me adentro conforme me vence el sueño.

El año lo comienzo así como siempre, salvo que al otro día sería 2 de Enero del 63 verano en Buenos Aires, cumpleaños número 27 de mi madre, yo tendría unos 7 años por aquel entonces.

Recuerdo ese calor asfixiante sumado a mi febril imaginación y que todos nos acostábamos a la misma hora, todos los días a la mismísima hora se escuchaba un rato el cuchicheo de mis viejos y la radio, que transmitía tanto una novela como un informativo, como no teníamos tv porque por aquella época era un artículo de lujo… solamente Francisco el vecino tenía una y de vez en cuando a pesar de él y por cortesía vecinal nos dejaba ver, a mi hermana y a mí, algún dibujito animado. Ahora recuerdo bien nitido a ese viejo, resentido y avaro, ese hombre era mi vecino, el de la pieza de al lado.

Al final, agotada, termino durmiéndome con el miedo en los huesos. Al otro día por la mañana me despertaron las voces alocadas de mi madre sobre todo, y en menor medida, la voz de mi padre.

Recuerdo que antiguamente esas voces que supuestamente deberían ser las mismas, en el transcurso del tiempo no lo son, por lo menos yo no las evoco así.

Antes, a diferencia de ahora, las voces de los grandes, y más aún de los niños, eran iguales que en las películas argentinas de los años 50, aflautadas, sentenciosas, quejosas, voces de reproche… voces… voces. Recuerdo la de mi madre como la de Nini Marshal y la de mi padre como la de Gardel.

Cuando logré despegar los ojos y salir un poco del letargo, lo primero que vi fue la cara preocupada de mis viejos observando algo, seguí la mirada de ellos y vi colgado prolijamente de la silla mi vestido de pececitos, con la falda quemada irregularmente, ese vestido era el que había estrenado con orgullo dos días antes, para fin de año y el cual había usado casi sin sacármelo, porque amaba ese vestidito. Antes no era tan frecuente el estreno de ropa, solo cuando cambiaba la estación, y hasta por ahí nomás, para nosotros de clase media baja era, con suerte, dos veces al año, invierno y verano. ¡Imagínense mi estupor!

En ese momento bajé la vista y debajo, entre las patas de la silla, entre un charco de agua, estaba esa pasta verde, la archiconocida y nunca bien ponderada espiral, de la cual quedaba el centro, el corazón clavado en la uñita de la lata como correspondía.

Después me dijeron que el vestido se cayó durante la noche encima de la espiral encendida y que podíamos habernos muerto todos.

Ahora, pasado más de 5 décadas, pienso que en ese preciso momento, que se incendiaba mi vestido de pececitos, acaso yo, no estaba escapando de la tan temida muerte.

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