De niña a mujer

Había una vez una niña que se hizo mujer porque así es la ley de la vida. Las chicas nos hacemos mujercitas antes que los chicos físicamente.

La metamorfosis física y química de una nena de once o doce años habla de un desarrollo mucho más avanzado que los de los niños de esa misma edad.

Así también pasó conmigo y me agarró en la escuela primaria, más precisamente en 7° grado, el último año de un ciclo que terminaría pronto, como todos los ciclos agradables.

Recuerdo que en mi escuela siempre se realizaban actos extra escolares en fin de semana como para recaudar fondos para la cooperadora, con esos fondos se podría arreglar algo de la escuela, por ejemplo, pintar, renovar pizarrones, comprar ventiladores etc. Por eso: organizar bingos o té canasta eran las preferencias de la directora y las maestras.

Así fue que un día en el mes de septiembre hicieron esos famosos té canasta y se les ocurrió realizar un desfile de modas mientras tomaban el té con masas finas, además, creo que arreglaron con alguna tienda del barrio como para que (a cambio de publicidad) les proveyeran de trajes de baño como para que las luciéramos las alumnas más altas y con cuerpo ya no de niña.

Yo tenía una compañera criada por su papá por eso se veía en Carfi la ausencia de ese detalle, de ese cuidado y ese acompañamiento materno.

No sabía nada de su vida pero tenía la certeza de que así era.

Por esos días de septiembre la maestra tuvo que elegir dos alumnas para el desfile, se decidió finalmente por Alonso y por mi. Alonso era mi amiga, una chica muy segura de si misma, bien formada fisicamente estudiosa y reservada, me llevaba unos dos o tres centímetros en altura, Alonso iba siempre a la cola de la fila así era de alta y yo me ubicaba delante de ella.

Ese día de la elección fue un revuelo, claro, algo salía de lo rutinario, de lo habitual.

Carfi, al saber que ella no formaba parte de la elección comenzó a insistirle a la maestra, tanto que la volvió loca a la pobre. La maestra no tenía nada para perder así que se dejó convencer por ella y se la sacó de encima diciéndole que si.

Carfi contaba conmigo porque realmente estaba sola, no como yo que tenía a mi madre y a mi hermana mayor para contenerme y ayudarme en lo que fuera. Por esos días de los preparativos, volvíamos de regreso por la Avenida, cada una se dirigía a su casa por el mismo camino, Carfi me pidió que entrara con ella a una zapatería porque se había enamorado de unos zapatos azules con tacos los quería como para usarlos en el desfile. Entramos a la zapatería y se probó el par de zapatos azules, los cuales en vez de reservarlos se le dio por comprar un zapato solo, tanto volvió loco al vendedor que logró llevarse ¡¡un zapato!! cuando tuviera la plata volvería por el otro. Increíble pero real.

El día del desfile estábamos como era de suponer todas muy nerviosas, ya nos habíamos probado de antemano el traje de baño que usaríamos ese día, y habíamos practicado desfilar por una pasarela improvisada en el salón de actos.

Llegó el momento de desfilar, y la primera que salió fue Alonso, luego le seguí yo, pude desfilar fríamente y todo salió bien, el tema fue cuando bajé, pude observar que Carfi entraba a la pasarela tropezando, siguió tropezando nerviosamente y bajo los 4 o 5 escalones de la pasarela cayéndose, fue un bochorno para ella que huyó despavorida y a mi me dio pena. Era tan atolondrada!!

El mes de octubre pasó con muchos exámenes y en noviembre deberíamos presentar las carpetas en orden. 

Nos enteramos que Carfi no tenía sus carpetas, solo recuerdo que yo le copié mi carpeta imitando su letra, al final aprobó. Porque antes eran muy exigentes los maestros en cuanto a los contenidos, la letra, la prolijidad realmente se aprendía mucho.

Antes las clases terminaban el 30 de noviembre rigurosamente así que unos días antes nos dejaban un poco más libres. Uno de esos días faltó la maestra y la suplente no vino, era el día que nos dejaban solos en el aula como para que jugáramos (por ejemplo: a la botellita), comiéramos y tomáramos gaseosa, como era de suponer todos los varones tenían sus hormonas alteradas, yo percibí eso que no me gustaba para nada y preferí ir a cuidar a los niños de 1° grado que también estaban sin maestra. Así pasé media jornada con mi compañera Alonso cuidando a los chicos de primer grado. 

Yo fui a buscar un par de botellas de vidrio que había dejado en el aula, porque antes se devolvían los envases así que me los tenía que llevar de vuelta vacios.

Formamos fila como para salir a la calle y al salir pasábamos uno atrás de otro entre el cordón escolar. Recuerdo que al llegar a la vereda de enfrente comienzan a rodearme todos mis compañeros varones como para manosearme, yo instintivamente reaccioné como una fiera revoleando las botellas como para protegerme a mi alrededor.

Comencé a correr con las botellas unas 5 o 6 cuadras más o menos, ellos corriendo atrás mío. Llegue a mi casa asustada. Me compuse como pude para que no vieran mi agitación.Yo estuve enojada todos los días subsiguientes. Mis padres nunca supieron tal situación, me las arregle sola incluso encontré la oportunidad para poder hablar en el aula con ellos y tocarles el corazón, porque incluso me pidieron disculpas, se veía en alguno de ellos arrepentimiento.

He pasado un largo camino y todavía hoy lo recuerdo como una ignominia.

Las chicas en ese largo camino alzaron su voz y dijeron ¡ Basta! Esta ignominia no la queremos vivir ni sentir nunca más!

El valor de las cosas

Allá por los ’60, para mí, estaba de moda ser feliz, por lo menos mis padres lo eran los primeros quince días del mes. 

Mi madre decía que el mes de enero es largo. 

Yo era muy chica, así que por lo menos en la tele todo el mundo era feliz todos los días de todos los meses, todo el mundo era exitoso, lindo, rubio y con muuucho dinero y finalmente sin preocupaciones.

En todas las épocas, creo que se le enseñó a los niños el valor del dinero, los inmigrantes venían sin nada y con mucho hambre. También tenían sed de progreso en esta tierra tan vasta. Ni punto de comparación con las estrellas de las publicidades.

A mí también me enseñaron el valor de las cosas, sobre todo un día, a los 7 años, fui con mi madre a la librería y mientras el librero y mi madre conversaban yo me robé un tintero, era de última generación, involcable y de plástico, cuando llegamos a casa mi padre se percató de que había algo raro y nos sondeó, le preguntó a mi madre y ella negó haberlo comprado, adivinen lo que pasó, penitencia estricta no sin antes ir de vuelta a la librería a devolver el tintero y pedirle perdón al librero, que bochorno! ¡Qué recuerdo!, ¡nunca lo olvidaré!

Pero el recuerdo que más tengo en mi memoria fue un cuento que me contó mi abuelo cuando yo tendría 12 aproximadamente, a él se lo contó un amigo cuando chico.

Este chico era muy curioso, observaba todo y a todos, no había nada que se le escapara.

En el pueblo donde vivía antiguamente les tocó vivir una experiencia mala, con un mal administrador en el gobierno turco  según su padre este administrador los asfixiaba con tantísimos impuestos.

Ese administrador era rico, desconfiado, codicioso y despilfarrador, y estaba un poco loco por eso tenía la costumbre de lavar el arroz él mismo antes de que sus innumerables sirvientes lo hicieran, quien sabe que pensaba.

Así todos los santos días lavaba arroz sin darse cuenta que todos los granos que dejaba escurrir entre sus manos y el tamiz se escapaban por la acequia.

Por la zona un merodeador tenía la costumbre de inspeccionar la acequia todos los santos días también, y en su inspección diaria recogía los granos de arroz del indolente funcionario y los ponía a secar.

El funcionario llegó a verlo en un par de oportunidades

Las cosas siguieron así por unos cuantos años.

Hasta que hubo cambio de gobierno

Un día el administrador fue echado de su cargo por abuso en las funciones que cumplía.

Como no sabía desempeñarse en otra cosa no pudo conseguir trabajo y con el correr del tiempo se fue quedando solo siendo cada vez más pobre.

La falta de amigos y recursos se fueron acentuando cada vez más, ya nadie lo miraba ni le ayudaba dado que él en tiempos de vacas flacas para el pueblo él les apretaba el cinturón con impuestos impagables para todas las clases sociales.

Un día caminando por la calle empezó a pedir limosnas ante la imposibilidad de ganarse la vida como funcionario

Solamente un hombre se le acercó y le preguntó si no le conocía

El ex funcionario, levantó la vista y lo que vio fue un hombre bien ataviado, al cual en la acera lo esperaba su cochero y otra persona que le abría la puerta.

El misterioso hombre le invitó a subir a su coche para llevarlo a su mansión.

El ex funcionario estaba mudo porque tenía cola de paja, no sabía si era buena o mala dicha invitación

El hombre invitó al pordiosero a cenar temprano en su bella casa, 

Cenaron sin hablar porque el ex funcionario no podía parar de comer tantas exquisiteces.

Cuando acabó de cenar, bebió un largo trago de vino tinto y así más repuesto pudo mirar bien a su benefactor, por un instante creyó reconocer al magnate y ahí mismo pegó un salto para atrás dejando caer la silla

Los sirvientes se acercaron para levantar la silla y acomodar lo que estaba caído o fuera de lugar.

El hombre sin apartar la vista del dueño de casa le dijo que creía conocerle, tomó otro sorbo de vino y le preguntó cómo había logrado tener esa excelente posición económica

A lo cual el magnate invitó a tomar asiento nuevamente al invitado.

Ya con más calma el anfitrión le dijo que él era el merodeador, y que tenía el hábito siendo tan pobre de ir por las acequias juntando todo el arroz que él funcionario y otros ricos desechan 

Así fue que en tantos años de secar arroz fue construyendo un granero y comercializando el cereal, comía él mismo lo que recogía, con la venta del cereal hizo buen negocio y así hoy tiene una muy buena posición

El ex funcionario se quedó mudo sin poder decir una sola palabra, pero su mente iba más rápido de lo que hubiese deseado.

Así fue que el hombre se levantó de su silla y decidió salir avergonzado con la cabeza baja de esa casa

Después de aquella enseñanza nunca más se volvieron a ver ni siquiera se cruzaron en el camino.

El álbum

Cuando niña me divertía mucho y hasta me obsesionaba con todo lo que fuera de papel, así que cuadernos, libros, cartas de alguien hacia alguien, figuritas con brillos, álbumes, estampillas, estampitas de Santos y vírgenes o niño Dios, partidas de nacimiento, revistas, letras hechas con papel metalizado de las marquillas de cigarrillos y un sinfín de objetos más en esa categoría eran producto de mi admiración y hasta embelezamiento.

Podía pasarme horas con un libro en la mano tratando de declamar en lo alto de un banco largo a Shakespeare, o leyendo en voz alta la vida es sueño de Calderón de la Barca.

Todos mis juguetes eran: el ingenio y la imaginación por gusto propio.

Mi madre sabía mis preferencias, por eso cuando aparecía en la televisión el lanzamiento de algún álbum de figuritas me lo compraba, y el desafío era: ¡¡¡ Llenarlo cuanto antes!!! 

Así que periódicamente, y gracias a sus ahorros, me podía dar el lujo de comprar varios sobres y luego cambiar, mis queridas inmaculadas y brillosas figuritas repetidas, en la escuela.

Qué placer era llegar a mi casa, dejar el portafolio, sacarme el delantal, asearme y almorzar juiciosamente. 

La tarde era un momento de gran placer para mi. 

Con la mesa limpia y todo en orden mi madre se disponía a mirar su novela preferida y yo me deleitaba con mi álbum de figuritas perfectamente recortadas y sumamente 

brillosas. 

Qué apoteótico era el momento en que abría el álbum y lo ojeaba despacio paseando mi vista por cada una de ellas tal como lo haría un joyero al tasar su valiosa mercancía. Yo podía bailar al compás del príncipe o entristecerme y alegrarme con la desgracia o felicidad de la cenicienta, o quedarme absorta inocentemente mirando el cajón mortuorio vidriado de la Bella Durmiente del Bosque.

Cada día era una fiesta de Plasticola y figuritas en medio de la rutina. Ver que las siluetas vacías se van rellenando mientras el álbum se va abultado no tiene igual.

Nunca voy a olvidar el día que llegué con mi última figurita, la más difícil de conseguir, esa que haría de mi álbum una obra maestra.

Yo lo había dejado sobre el banco desde donde declamaba, pero ya no estaba, el álbum había desaparecido, alguien me lo había robado, y me quedé buscándolo con la última figurita que no dejaba de brillar en mi mano.

Hasta hoy lo busco en mi mente.

Si alguien lee este cuento y sabe algo  le agradecería que me haga saber a quien le faltó una madre que le regalara sueños a su hija.

Los pececitos

Cuando llega la noche, al ir a acostarme, me muero de miedo y no hay nadie junto a mí para arroparme y consolarme. Aunque en la pieza dormimos cuatro personas, mis padres, mi hermana y yo, igualmente sé que necesito, porque no me queda otra, que pase el tiempo, solita en mi cama.

El tic tac exagerado del reloj no hace mella en mí. El miedo sí, que me esmerila, me aplasta, me afiebra verdaderamente, por ese motivo imagino que estoy dentro de la pared, así, solo así no me atacarán las entidades malignas, los monstruos.

Dentro de la pared, como imagino en mi mente febril, estaría a salvo para comenzar a ascender por el interior de ella, comenzar a ascender para alejarme de lo malo, lo perverso, lo terrible… la muerte.

Es tal el esfuerzo mental que hago para no derrapar que cuando asciendo lo suficiente, incluso más allá de la pared, sigo y sigo subiendo como un globo de elio.

Y en mi desvarío, recuerdo que una vez, y de repente, se me aparece una mujer que se desprende de una constelación, corre con su hijo, un querubín hermoso que en sus manos lleva un arco y su flecha, ( con el tiempo supe quiénes eran) van rumbo al río escapando de sus propias muertes, los veo pasar nítidamente.

Por eso los recuerdo bien, y con el tiempo llego a saber que corren hacia un río para convertirse en peces. 

Llegado un cierto punto, mi mente no puede sostener más tal imaginación y comienzo  a descender, o directamente algunas veces caigo  por el interior de la pared ¡Qué horror me causa  tal descenso involuntario! ¡Por qué no puedo sostenerme en el aire el tiempo que necesito para dormirme! Si, todo, todo lo hago para escapar de la tan temida muerte.

Así entre ascenso y descenso el tiempo vuela sin volar, ese tiempo antes de dormir, a solas en mi cama, es un infierno en el cual me adentro conforme me vence el sueño.

El año lo comienzo así como siempre, salvo que al otro día sería 2 de Enero del 63 verano en Buenos Aires, cumpleaños número 27 de mi madre, yo tendría unos 7 años por aquel entonces.

Recuerdo ese calor asfixiante sumado a mi febril imaginación y que todos nos acostábamos a la misma hora, todos los días a la mismísima hora se escuchaba un rato el cuchicheo de mis viejos y la radio, que transmitía tanto una novela como un informativo, como no teníamos tv porque por aquella época era un artículo de lujo… solamente Francisco el vecino tenía una y de vez en cuando a pesar de él y por cortesía vecinal nos dejaba ver, a mi hermana y a mí, algún dibujito animado. Ahora recuerdo bien nitido a ese viejo, resentido y avaro, ese hombre era mi vecino, el de la pieza de al lado.

Al final, agotada, termino durmiéndome con el miedo en los huesos. Al otro día por la mañana me despertaron las voces alocadas de mi madre sobre todo, y en menor medida, la voz de mi padre.

Recuerdo que antiguamente esas voces que supuestamente deberían ser las mismas, en el transcurso del tiempo no lo son, por lo menos yo no las evoco así.

Antes, a diferencia de ahora, las voces de los grandes, y más aún de los niños, eran iguales que en las películas argentinas de los años 50, aflautadas, sentenciosas, quejosas, voces de reproche… voces… voces. Recuerdo la de mi madre como la de Nini Marshal y la de mi padre como la de Gardel.

Cuando logré despegar los ojos y salir un poco del letargo, lo primero que vi fue la cara preocupada de mis viejos observando algo, seguí la mirada de ellos y vi colgado prolijamente de la silla mi vestido de pececitos, con la falda quemada irregularmente, ese vestido era el que había estrenado con orgullo dos días antes, para fin de año y el cual había usado casi sin sacármelo, porque amaba ese vestidito. Antes no era tan frecuente el estreno de ropa, solo cuando cambiaba la estación, y hasta por ahí nomás, para nosotros de clase media baja era, con suerte, dos veces al año, invierno y verano. ¡Imagínense mi estupor!

En ese momento bajé la vista y debajo, entre las patas de la silla, entre un charco de agua, estaba esa pasta verde, la archiconocida y nunca bien ponderada espiral, de la cual quedaba el centro, el corazón clavado en la uñita de la lata como correspondía.

Después me dijeron que el vestido se cayó durante la noche encima de la espiral encendida y que podíamos habernos muerto todos.

Ahora, pasado más de 5 décadas, pienso que en ese preciso momento, que se incendiaba mi vestido de pececitos, acaso yo, no estaba escapando de la tan temida muerte.

La laguna

Siendo chica tuve la suerte de jugar con mi abuela materna por muchos años, ella, aparte de jugar conmigo, me enseñó a cocinar algunos platos sencillos, y mientras cocinábamos, y en medio de un festival de productos, terminaba yo, toda embadurnada de harina hasta las orejas. 

Cuando ya me cansaba un poco de jugar a ser cocinera, ella me llamaba diciéndome

 -habibi…ven para aquí quiridita-,  y me arreglaba el pelo, y me quitaba con su delantal impecable el exceso de harina de mi cara, y de mi ropa. Durante esas sesiones solía preguntarle cómo había sido el largo viaje desde Siria hasta Argentina, o, por qué su papá fumaba en un aparato con mangueras, ante estas preguntas enigmáticas para mí, mi abuela se mataba de risa y me enseñaba que ese aparato se llamaba Narguile. Y eran cosas de hombres.

Me contó muchas veces la historia del barco en el que vinieron mi abuela, llamada Latifiz Homsen, sus hermanos y sus padres, y en el que casi sucumbieron debido a un tifón que se desató en medio de la noche en alta mar. 

Estuvieron una semana descompuestos de tanto movimiento. 

Yo me quedaba inquieta por querer saber más de sus historias en aquel pueblo cerquita de la ciudad de Homs, así que mi abuela me daba el gusto, nos sentábamos las dos solitas alrededor de la mesa esperando que la masa leve y las verduras estén en su punto justo.

Cerquita de mi pueblo -me contaba mi abuela, agarrándome la mano- había una señora anciana conocida de mi madre, que vivía cerca del lago Al-Assad y ese lago era la continuación del río Eufrates.

Esa anciana vivía en una cabaña muy cerca de la laguna, por alguna extraña razón allí y en sus alrededores habia una energía muy densa, la cual provocaba que mucha gente se sintiera muy atraída para cometer suicidio, llegaban hasta el borde sólo para suicidarse tirándose a la laguna de cabeza. 

Esa anciana, conocida de mi madre, sabiendo eso, atendía con mucho cuidado a quienes se acercaran a dicha laguna, a menudo era capaz de disuadirlos de que renuncien a la idea del suicidio.

Sus buenos actos fueron ampliamente reconocidos, me dijo mi abuela, así que para premiar su amabilidad el gobierno prometió recompensarle, pagándole una considerable suma de dinero cada vez que ella salvara a alguien de ahogarse.

La anciana no estaba dispuesta a aceptar tal ganancia inesperada, pero los empleados públicos la terminaron convenciendo.

Desde ese entonces, cuando ella salvara a alguien de ahogarse, recibiría una recompensa.

Estas recompensas se convirtieron en unos suculentos ingresos. 

Pasó el tiempo y por alguna cuestión la gente dejó de venir a la laguna para suicidarse  

“Ella estaba frustrada y así se lo comentó a mi madre” dijo mi abuela,

“¡¡Que extraño, que inusual!!” Decía

“¿ Por qué no hay más negocio? ¿Que le ha ocurrido a toda esa gente que no quiere matarse?”

Se hizo un largo silencio entre ambas.

Entonces mi abuela, pasándose la mano por la cara como para encontrar inspiración divina y cuidar sus palabras, terminó explicándome que los seres humanos deberíamos mantener un corazón puro y sincero al tratar con todos los aspectos de la vida. 

Hacer buenos actos desde un corazón sincero es la forma más natural de comportarse de un ser humano. 

El valor de tan buena acción no cambiará, sin importar si otra gente sabe sobre éste, o intenta realizar alguna forma de devolución.

Mi abuela terminó enseñándome que los ojos del cielo son claros y agudos como un relámpago. No cometen errores. 

De manera que sin importar si los buenos actos son notados o recompensados en la tierra podemos soltar nuestro apego a la alabanza y el reconocimiento.

Cuando fui grande me di cuenta  que entre levada y hervor, mi abuela Latifiz, iba introduciéndome en cuentos de las mil y una noches.

Mi primer árbol

Un árbol navideño, en mi época, aguantaba más allá de la infancia. Mientras yo crecía en estatura me percataba como se iba haciendo más pequeño. Recuerdo Cuando vi mi primer árbol, fue un 8 de Diciembre, era como una rama gruesa pero verde, la aventura empezaba al pararlo en su base y desplegarle sus múltiples brazos, y buscar con espíritu comparativo las bolas de vidrio más grandes para colocarle en sus extremos más largos, aquellos que estaban cerquita del piso, y así sucesivamente hasta llegar a la cima, en la cual iría a residir, por un tiempo determinado, la estrella de Belén. 

Con sumo cuidado había que desenvolver los adornos, que antiguamente eran de vidrio transparentes y rebosaban brillantina de colores. 

¡¡¡Cuántas veces sin querer y por el entusiasmo mismo por que no llegaba hasta la punta si no era subiéndome encima de un banco, se terminaban cayendo un par de adornos al suelo!!! y ahí, con maña, me disponía a frentearlo y ocultarle la parte de atrás que yo decidía de antemano cuál iría a ser.

Al terminar de colgar los adornos empezaba a enroscarle las boas a todo el árbol.

Al final el nevado se hacía con algodón.

Las boas siempre fueron accesibles de comprar y las luces eran un lujo a las cuales no muchos podían acceder.

El árbol de navidad daba la sensación de que venía a globalizarnos a todos los terricolas. Lo más importante era la conexión que había entre él, la televisión, papá noel y los regalos.

Una de las primeras en la caja Boba que pregonaba las fiestas con villancicos era la famosísima Coca-Cola aunque la 7 up y la Crush también le iban en zaga.

Y no necesito explicar lo que era ver a papá noel cruzando toda la pantalla con su clásico trineo.

Así fueron pasando los años y llegó un momento que no necesité más un banco para terminar de adornar mi primer árbol, y ya la Coca Cola, la 7 up y los pan dulces los seguía viendo por la televisión… en colores.

Transcurrieron décadas para decirle adiós al árbol, ya era tiempo de despedirme de todo lo que me era familiar.

Yo ya tendría mi casa, y mi propio árbol habitaría en ella, y los futuros niños lo adornarían como yo lo hice cada 8 de diciembre.