De niña a mujer

Había una vez una niña que se hizo mujer porque así es la ley de la vida. Las chicas nos hacemos mujercitas antes que los chicos físicamente.

La metamorfosis física y química de una nena de once o doce años habla de un desarrollo mucho más avanzado que los de los niños de esa misma edad.

Así también pasó conmigo y me agarró en la escuela primaria, más precisamente en 7° grado, el último año de un ciclo que terminaría pronto, como todos los ciclos agradables.

Recuerdo que en mi escuela siempre se realizaban actos extra escolares en fin de semana como para recaudar fondos para la cooperadora, con esos fondos se podría arreglar algo de la escuela, por ejemplo, pintar, renovar pizarrones, comprar ventiladores etc. Por eso: organizar bingos o té canasta eran las preferencias de la directora y las maestras.

Así fue que un día en el mes de septiembre hicieron esos famosos té canasta y se les ocurrió realizar un desfile de modas mientras tomaban el té con masas finas, además, creo que arreglaron con alguna tienda del barrio como para que (a cambio de publicidad) les proveyeran de trajes de baño como para que las luciéramos las alumnas más altas y con cuerpo ya no de niña.

Yo tenía una compañera criada por su papá por eso se veía en Carfi la ausencia de ese detalle, de ese cuidado y ese acompañamiento materno.

No sabía nada de su vida pero tenía la certeza de que así era.

Por esos días de septiembre la maestra tuvo que elegir dos alumnas para el desfile, se decidió finalmente por Alonso y por mi. Alonso era mi amiga, una chica muy segura de si misma, bien formada fisicamente estudiosa y reservada, me llevaba unos dos o tres centímetros en altura, Alonso iba siempre a la cola de la fila así era de alta y yo me ubicaba delante de ella.

Ese día de la elección fue un revuelo, claro, algo salía de lo rutinario, de lo habitual.

Carfi, al saber que ella no formaba parte de la elección comenzó a insistirle a la maestra, tanto que la volvió loca a la pobre. La maestra no tenía nada para perder así que se dejó convencer por ella y se la sacó de encima diciéndole que si.

Carfi contaba conmigo porque realmente estaba sola, no como yo que tenía a mi madre y a mi hermana mayor para contenerme y ayudarme en lo que fuera. Por esos días de los preparativos, volvíamos de regreso por la Avenida, cada una se dirigía a su casa por el mismo camino, Carfi me pidió que entrara con ella a una zapatería porque se había enamorado de unos zapatos azules con tacos los quería como para usarlos en el desfile. Entramos a la zapatería y se probó el par de zapatos azules, los cuales en vez de reservarlos se le dio por comprar un zapato solo, tanto volvió loco al vendedor que logró llevarse ¡¡un zapato!! cuando tuviera la plata volvería por el otro. Increíble pero real.

El día del desfile estábamos como era de suponer todas muy nerviosas, ya nos habíamos probado de antemano el traje de baño que usaríamos ese día, y habíamos practicado desfilar por una pasarela improvisada en el salón de actos.

Llegó el momento de desfilar, y la primera que salió fue Alonso, luego le seguí yo, pude desfilar fríamente y todo salió bien, el tema fue cuando bajé, pude observar que Carfi entraba a la pasarela tropezando, siguió tropezando nerviosamente y bajo los 4 o 5 escalones de la pasarela cayéndose, fue un bochorno para ella que huyó despavorida y a mi me dio pena. Era tan atolondrada!!

El mes de octubre pasó con muchos exámenes y en noviembre deberíamos presentar las carpetas en orden. 

Nos enteramos que Carfi no tenía sus carpetas, solo recuerdo que yo le copié mi carpeta imitando su letra, al final aprobó. Porque antes eran muy exigentes los maestros en cuanto a los contenidos, la letra, la prolijidad realmente se aprendía mucho.

Antes las clases terminaban el 30 de noviembre rigurosamente así que unos días antes nos dejaban un poco más libres. Uno de esos días faltó la maestra y la suplente no vino, era el día que nos dejaban solos en el aula como para que jugáramos (por ejemplo: a la botellita), comiéramos y tomáramos gaseosa, como era de suponer todos los varones tenían sus hormonas alteradas, yo percibí eso que no me gustaba para nada y preferí ir a cuidar a los niños de 1° grado que también estaban sin maestra. Así pasé media jornada con mi compañera Alonso cuidando a los chicos de primer grado. 

Yo fui a buscar un par de botellas de vidrio que había dejado en el aula, porque antes se devolvían los envases así que me los tenía que llevar de vuelta vacios.

Formamos fila como para salir a la calle y al salir pasábamos uno atrás de otro entre el cordón escolar. Recuerdo que al llegar a la vereda de enfrente comienzan a rodearme todos mis compañeros varones como para manosearme, yo instintivamente reaccioné como una fiera revoleando las botellas como para protegerme a mi alrededor.

Comencé a correr con las botellas unas 5 o 6 cuadras más o menos, ellos corriendo atrás mío. Llegue a mi casa asustada. Me compuse como pude para que no vieran mi agitación.Yo estuve enojada todos los días subsiguientes. Mis padres nunca supieron tal situación, me las arregle sola incluso encontré la oportunidad para poder hablar en el aula con ellos y tocarles el corazón, porque incluso me pidieron disculpas, se veía en alguno de ellos arrepentimiento.

He pasado un largo camino y todavía hoy lo recuerdo como una ignominia.

Las chicas en ese largo camino alzaron su voz y dijeron ¡ Basta! Esta ignominia no la queremos vivir ni sentir nunca más!

Zoraida

Mi vecina Laila, la turca bajita de mediana edad, con el pelo renegrido que le llegaba debajo de la cintura y con una tez muy blanca, vivía en la primera habitación ni bien entrando por el pasillo a la derecha.

Los grandes de la comunidad decían que Laila, ante sus prolongadas ausencias, viajaba constantemente a Arabia, otros los contradecían argumentando que trabajaba en un circo.

Lo cierto es que nunca se supo nada de la boca de ella, al parecer era una mujer muy reservada.

Al pie del muro enfrente de la pieza de la turca había un cantero con tierra y sin plantas. 

Un día, jugando, comencé a escarbar la tierra tratando de hacer un pozo tan grande que me pudiese llevar hasta el otro lado del mundo, como aseguraban los grandes que así era, escarbé un buen rato hasta que se me ocurrió poner sobre el hoyo un vidrio transparente que quedó de un porta retratos en desuso. 

Al rato de colocar el vidrio, encima del pozo, apareció una víbora, larga para mi corta estatura, esa acción brusca hizo que me vaya para atrás contra las puertas de la habitación de Laila, una puerta de dos hojas marrón que se abrió con el golpe, caí dentro del recibidor de mi vecina, yo sabía que no estaba y que no vendría de sopetón por eso aproveché a cerrarla para escapar de la víbora. Cuando me repuse comencé a mirar con ojos asombrados todas las posesiones de ella, lo primero que sostuve entre mis manos fue una pequeña capilla hecha en plástico clarito muy repujado, en el frente tenía dos puertas como tejidas en macramé, llena de orificios y muy gótica, las abrí para ver qué había adentro de la capillita y ahí zas, se me rompió una de las puertas, ansiosa traté de componerla como pude pero supe que sería imposible recomponer tanta belleza, la dejé de lado y seguí mirando porque no tenía pensado salir de esa pieza hasta que mi madre comenzara a buscarme insistentemente, y recién ahí cuando saliera a la calle a buscarme yo correría para el fondo no si antes juntar las dos hojas de la puerta y pegarles un tirón para mi lado, así se cerrarían correctamente y nadie sospecharía mi incursión.

Ya a salvo y adentro de la habitación de mi vecina seguí observándolo todo. 

Las paredes estaban repletas de cuadros con fotos al parecer de familiares, color sepia, muy antiguas. 

Sobre la cómoda tenía un hermoso perfumero, sobre el vidrio que la protegía, una polvera y un cepillo majestuoso para el pelo con el dorso todo repujado y enmarcado en dorado. Debajo del vidrio tenía tres fotos, una de una niña con un velo, el cual le dejaba solamente los ojos al descubierto. Otra, de una joven con un Rosario entre las manos, y en la foto contigua se veía gente en la escollera de un barco, mirando atónitos al fotógrafo.

El piso de madera de pinotea de la habitación todavía emanaba olor a cera, prolijamente lustrado, como si esperara visitas de un momento a otro.

Deje de lado la cómoda para pasar a observar su cama con su mesa de luz, todo hacía juego, unos muebles color caoba todos tallados prolijamente y lustrados a más no poder. Las cosas estaban perfectamente en su lugar incluyendo unos libros que tenía en una repisa sobre la mesa de luz,  los cuales llamaron poderosamente mi atención. Los tome a todos y me senté juiciosamente en su mullida cama, sin hacer demasiado ruido, porque esas camas eran de resortes, y a veces con el paso del tiempo se oxidaban y solían ser muy ruidosas.

Agucé mis oídos y presentí que en ese momento estaba todo tranquilo mientra pasaba la mano sobre la tapa de un libro, cuyas letras doradas rezaban:  «ZORAIDA relato de Miguel De Cervantes»

Me llamó tanto la atención el color,  las letras profusas en relieve y el dibujo de la portada que no pude resistirme a investigar de qué se trataba. La primer hoja estaba dedicada, «Para Laila con afectuosa amistad, debajo estaba firmado.

A partir de ese momento tuve muchos deseos de robar su libro, pero el miedo de que me descubrieran era muy fuerte, al final pensé que tomarlo prestado unos días no le haría mal a nadie, en mi casa no se darían cuenta porque en ella, aunque escasos, no faltaban buenos libros.

En un momento me pareció que mi madre andaba por ahí, y en menos de un minuto estaría buscándome por todos lados por eso decidí salir inmediatamente de aquella pieza tan enigmática, no sin antes llevarme el libro. 

Así fue que en menos de lo que me imaginé abrí rápidamente la puerta y la cerré con toda la maña detrás de mí. 

Cuando me dirigía al final del pasillo, en el patio, mi madre me auscultó de arriba abajo a ver si venía de hacer una travesura, como yo supe disimular muy bien, sacó su pupila de mi ser y se dirigió a la cocina. Yo me fui a la pieza a leer tranquila, por lo menos por unos días.

……

Me senté en la cama, comencé a explorar el libro en el que en la contratapa decía:

El «relato del cautivo» se inserta cuando, estando reunidos en la venta don Quijote de la Mancha y toda su crecida compañía, pide alojamiento un cautivo de Argel recién libertado al que acompaña Zoraida, una hermosa mora que desea ser bautizada en el rito católico, y la libertad de ambos en una arriesgada huida.

Ese libro fue mi compañero durante mis eternos días y noches de verano.

De Laila no se supo más nada, nadie quería hablar del asunto, pasaron meses y un día cuando volvía del colegio me choque con gente que sacaba los muebles que yo llegué a conocer, salían de aquella pieza que para mí, siempre, siempre fue un misterio.

El valor de las cosas

Allá por los ’60, para mí, estaba de moda ser feliz, por lo menos mis padres lo eran los primeros quince días del mes. 

Mi madre decía que el mes de enero es largo. 

Yo era muy chica, así que por lo menos en la tele todo el mundo era feliz todos los días de todos los meses, todo el mundo era exitoso, lindo, rubio y con muuucho dinero y finalmente sin preocupaciones.

En todas las épocas, creo que se le enseñó a los niños el valor del dinero, los inmigrantes venían sin nada y con mucho hambre. También tenían sed de progreso en esta tierra tan vasta. Ni punto de comparación con las estrellas de las publicidades.

A mí también me enseñaron el valor de las cosas, sobre todo un día, a los 7 años, fui con mi madre a la librería y mientras el librero y mi madre conversaban yo me robé un tintero, era de última generación, involcable y de plástico, cuando llegamos a casa mi padre se percató de que había algo raro y nos sondeó, le preguntó a mi madre y ella negó haberlo comprado, adivinen lo que pasó, penitencia estricta no sin antes ir de vuelta a la librería a devolver el tintero y pedirle perdón al librero, que bochorno! ¡Qué recuerdo!, ¡nunca lo olvidaré!

Pero el recuerdo que más tengo en mi memoria fue un cuento que me contó mi abuelo cuando yo tendría 12 aproximadamente, a él se lo contó un amigo cuando chico.

Este chico era muy curioso, observaba todo y a todos, no había nada que se le escapara.

En el pueblo donde vivía antiguamente les tocó vivir una experiencia mala, con un mal administrador en el gobierno turco  según su padre este administrador los asfixiaba con tantísimos impuestos.

Ese administrador era rico, desconfiado, codicioso y despilfarrador, y estaba un poco loco por eso tenía la costumbre de lavar el arroz él mismo antes de que sus innumerables sirvientes lo hicieran, quien sabe que pensaba.

Así todos los santos días lavaba arroz sin darse cuenta que todos los granos que dejaba escurrir entre sus manos y el tamiz se escapaban por la acequia.

Por la zona un merodeador tenía la costumbre de inspeccionar la acequia todos los santos días también, y en su inspección diaria recogía los granos de arroz del indolente funcionario y los ponía a secar.

El funcionario llegó a verlo en un par de oportunidades

Las cosas siguieron así por unos cuantos años.

Hasta que hubo cambio de gobierno

Un día el administrador fue echado de su cargo por abuso en las funciones que cumplía.

Como no sabía desempeñarse en otra cosa no pudo conseguir trabajo y con el correr del tiempo se fue quedando solo siendo cada vez más pobre.

La falta de amigos y recursos se fueron acentuando cada vez más, ya nadie lo miraba ni le ayudaba dado que él en tiempos de vacas flacas para el pueblo él les apretaba el cinturón con impuestos impagables para todas las clases sociales.

Un día caminando por la calle empezó a pedir limosnas ante la imposibilidad de ganarse la vida como funcionario

Solamente un hombre se le acercó y le preguntó si no le conocía

El ex funcionario, levantó la vista y lo que vio fue un hombre bien ataviado, al cual en la acera lo esperaba su cochero y otra persona que le abría la puerta.

El misterioso hombre le invitó a subir a su coche para llevarlo a su mansión.

El ex funcionario estaba mudo porque tenía cola de paja, no sabía si era buena o mala dicha invitación

El hombre invitó al pordiosero a cenar temprano en su bella casa, 

Cenaron sin hablar porque el ex funcionario no podía parar de comer tantas exquisiteces.

Cuando acabó de cenar, bebió un largo trago de vino tinto y así más repuesto pudo mirar bien a su benefactor, por un instante creyó reconocer al magnate y ahí mismo pegó un salto para atrás dejando caer la silla

Los sirvientes se acercaron para levantar la silla y acomodar lo que estaba caído o fuera de lugar.

El hombre sin apartar la vista del dueño de casa le dijo que creía conocerle, tomó otro sorbo de vino y le preguntó cómo había logrado tener esa excelente posición económica

A lo cual el magnate invitó a tomar asiento nuevamente al invitado.

Ya con más calma el anfitrión le dijo que él era el merodeador, y que tenía el hábito siendo tan pobre de ir por las acequias juntando todo el arroz que él funcionario y otros ricos desechan 

Así fue que en tantos años de secar arroz fue construyendo un granero y comercializando el cereal, comía él mismo lo que recogía, con la venta del cereal hizo buen negocio y así hoy tiene una muy buena posición

El ex funcionario se quedó mudo sin poder decir una sola palabra, pero su mente iba más rápido de lo que hubiese deseado.

Así fue que el hombre se levantó de su silla y decidió salir avergonzado con la cabeza baja de esa casa

Después de aquella enseñanza nunca más se volvieron a ver ni siquiera se cruzaron en el camino.

El álbum

Cuando niña me divertía mucho y hasta me obsesionaba con todo lo que fuera de papel, así que cuadernos, libros, cartas de alguien hacia alguien, figuritas con brillos, álbumes, estampillas, estampitas de Santos y vírgenes o niño Dios, partidas de nacimiento, revistas, letras hechas con papel metalizado de las marquillas de cigarrillos y un sinfín de objetos más en esa categoría eran producto de mi admiración y hasta embelezamiento.

Podía pasarme horas con un libro en la mano tratando de declamar en lo alto de un banco largo a Shakespeare, o leyendo en voz alta la vida es sueño de Calderón de la Barca.

Todos mis juguetes eran: el ingenio y la imaginación por gusto propio.

Mi madre sabía mis preferencias, por eso cuando aparecía en la televisión el lanzamiento de algún álbum de figuritas me lo compraba, y el desafío era: ¡¡¡ Llenarlo cuanto antes!!! 

Así que periódicamente, y gracias a sus ahorros, me podía dar el lujo de comprar varios sobres y luego cambiar, mis queridas inmaculadas y brillosas figuritas repetidas, en la escuela.

Qué placer era llegar a mi casa, dejar el portafolio, sacarme el delantal, asearme y almorzar juiciosamente. 

La tarde era un momento de gran placer para mi. 

Con la mesa limpia y todo en orden mi madre se disponía a mirar su novela preferida y yo me deleitaba con mi álbum de figuritas perfectamente recortadas y sumamente 

brillosas. 

Qué apoteótico era el momento en que abría el álbum y lo ojeaba despacio paseando mi vista por cada una de ellas tal como lo haría un joyero al tasar su valiosa mercancía. Yo podía bailar al compás del príncipe o entristecerme y alegrarme con la desgracia o felicidad de la cenicienta, o quedarme absorta inocentemente mirando el cajón mortuorio vidriado de la Bella Durmiente del Bosque.

Cada día era una fiesta de Plasticola y figuritas en medio de la rutina. Ver que las siluetas vacías se van rellenando mientras el álbum se va abultado no tiene igual.

Nunca voy a olvidar el día que llegué con mi última figurita, la más difícil de conseguir, esa que haría de mi álbum una obra maestra.

Yo lo había dejado sobre el banco desde donde declamaba, pero ya no estaba, el álbum había desaparecido, alguien me lo había robado, y me quedé buscándolo con la última figurita que no dejaba de brillar en mi mano.

Hasta hoy lo busco en mi mente.

Si alguien lee este cuento y sabe algo  le agradecería que me haga saber a quien le faltó una madre que le regalara sueños a su hija.

Verano del 63

Tanto vivido y tanto contado a mis pocos años. Muerte y mudanza asociada a seguir subsistiendo. Siempre el verano fue la estación en donde todas mis grandes vivencias cobraban relevancia. 

En mi barrio de Villa Celina, calle Rivera, calle de tierra y veredas amplias, vivía una nena, mi vecina, le decían Cuca, ella no hablaba bien por un orificio que llevaba en su paladar, además de hablar mal, estaba siempre mal peinada, y además tenia piojos, muchas veces por jugar juntas me contagiaba rápidamente esos bichos, y ahí me tenían que aplicar el querosene, toda una noche con esa cosa en la cabeza cubierta con un pañuelo. 

Al otro día procedían a lavarme muy bien el pelo para quitarme esa sustancia oleaginosa. Yo padecía esta forma de combatir mis piojos, pero otra no había en aquellos tiempos. Tiempos de juegos y de padecimientos también. 

En el barrio sabia jugar con un montón de vecinitos, de los cuales no recuerdo sus nombres, tampoco tengo ninguna foto de, por ejemplo, algún cumpleaños con ellos.

Igual nada nos impedía compartir algún juego que otro, muchas miradas y pocas palabras nos unía a todos. Así corrían los calurosos días de pleno verano. 

Un día de enero o febrero del ’64, no puedo decir el mes con certeza, igualmente sé que yo tenía 7 años y a los pocos meses iría a cumplir 8 y asistiría a 2° grado de otra escuela, ya con otros compañeros nuevos. 

Un calurosísimo día de enero, o febrero, fue una sorpresa para todos dada las altas horas de la noche en que tocaron la puerta principal de la vecindad; era mi prima Silvia, muy parecida a mi madre, de estatura standard, delgada, bien vestida siempre, con sus grandes ojos celestes parecidos a dos faros en medio de una ruta desierta. A Silvia  que por aquel entonces ya tendría como 21 años, no la vi, imaginé toda la secuencia, supe después que vino a avisarle a mi madre que mi abuelo José, o sea el padre de mi madre, había fallecido de un cáncer pulmonar.

Después de tantos años pude entender por qué mi madre comenzó a ingerir pastillas, eso fue causado por la depresión de no haber podido estar con mi abuelo durante, por lo menos, su enfermedad. Cosas de padres e hijos.

Sé que mi prima en esa situación también estaba conmocionada, por eso, apenas le dio la noticia a mi madre, especialmente, se fue rápidamente con su dolor a cuestas.

Habrían pasado unos días, más o menos, y curioseando la alacena de mis padres, buscando un geniol, porque me gustaba comerlo, me encontré con otras pastillas similares, sin que nadie me viera tome una y sin pensarlo me la tragué, el efecto comenzó cuando mis padres estaban tomando mates, yo, así mareada como estaba, me llegué a poner los tacos altos de mi madre. Venia caminando con las piernas laxas, doblando y achuecando los zapatos tan lindos de mi madre. Apenas me vieron se dieron cuenta que estaba mareada y estaba más para dormir que para jugar a ser una diva.

No obstante esa situación mi madre decidió llevarme a un médico particular, a solamente cuatro cuadras de la vecindad. La cuestión es que el médico me preguntó qué había tomado y le dije la verdad. La visita fue corta porque el médico aconsejó que me dejaran dormir largo tiempo.

Yo no sé en qué momento vos me gustaste y yo te gusté, no se quien eras ni cómo te llamabas pero nunca voy a olvidar a un niño corriendo tras el camión bamboleante de mudanzas y diciéndome adiós con las manos. 

O tal vez no nos gustamos, pero no importa, porque igual fuiste un almita buena que se despedía de esa niña sensible que viajaba para nunca más volver, aquella que viajaba no solamente para instalarse en la casa donde supo vivir su abuelo ya muerto, sino aquella que también sabía viajar con su imaginación y con su vehículo: los libros.

A mi primo Osvaldo

Hoy es martes, ayer fue feriado y junto con el sábado y domingo permitió que me relajara un tanto más, hoy 25 de noviembre está en el ambiente esa sensación mágica que trae aparejada las fiestas de navidad y fin de año.

Esta sensación me invita a retrotraerme a mi niñez, en la que iba llevada de la mano por mis padres a la casa de mis tíos y primos José y Osvaldo.

Osvaldo cumplía años el mismo 31 de diciembre, era el más chico y también el más rebelde, fornido y medio rubiecito, cuando se ponía nervioso, agarrate! Comenzaba a transpirar, se ponía rojo y enrollando la lengua de los nervios arremetía contra la osamenta de alguna prima y ahí sí, a correr se ha dicho!

En cambio José era la antítesis, medio serio, morochito, muy delgado y alto para sus 15 o 16 años, era la viva imagen de su padre, mi tío, que Dios lo tenga en la gloria, era un santo, aquel, el de los ojos glaucos al cual le decíamos cariñosamente «tío pepe» su esposa, o sea mi tía Cele, diminutivo de Celestina, era hermana de mi padre, una mujer muy trabajadora, bajita y carnosa, también era una persona paciente y amorosa con todos los sobrinos y estoy segura que con todos los vecinos del barrio. 

Los días que pasábamos en su casa, era una verdadera hecatombe de primos y primas jugando por todos lados, gritos, algarabía, chanzas, corridas y la infaltable pirotecnia, la delicia de todos, porque antes se podía comprar estos juguetes sin deteriorar tanto el bolsillo: rompeportones, petardos, cañitas «gigantes» voladoras  triangulitos que hacían las delicias de chicos y grandes, todo era una gran sinfonía que iba in crescendo hasta llegar a estar cerca de las 12 en que todas las músicas se superponían pero la que más sobresalía era la música del estruendo que provocaban los ruidos de la pirotecnia como si varios aviones y martillos neumáticos formaran parte de la orquesta. Qué éxtasis recibir el año así, con tanta algarabía infantil. 

Ya llenos por tanta comida navideña absolutamente preparada por nuestros padres, a saber: matambre, lechón o asado, mayonesa de ave hecha con mayonesa casera, ensaladas varias, inclusive la infaltable olla grande de ensalada pero de frutas, acompañaba a los frutos secos, pan dulce y hasta helados!!!  Y así entre risa y risa comíamos juiciosos y muy educados en la mesa, alguna que otra miguita de pan se convertía en voladora pero nada que pudiera hacer enojar a los padres. 

Ahhh que época aquella, en la que se podía jugar libremente en la calle y hasta sentarte en la vereda de tu casa sin tener que estar temeroso de algo o de alguien.

Desde aquella época corrió mucha agua bajo el puente, se rompió el contrato social y hoy festejamos en nuestra casa con nuestros hijos cuidando cuando entran de mirar bien para los costados y cerrar bien la reja. El consumo de pirotecnia bajó considerablemente por el gasto enorme que significa, y para no hacer daño a los animales. La mayonesa que antes era casera hoy se compra, al igual que el matambre, las familias se fueron atomizando y es raro ver 25 personas festejando en los departamentos, pasando la navidad y el fin de año todos juntos porque para eso están los bares hoy en día.

Siguiendo con el recuerdo el 1° de enero a la noche cada familia volvía a su casa, no sin pena de despedirnos entre los primos, nos íbamos con el corazón contento y la panza muy llena luego de haber comido y bebido como si hubieran sido los últimos días de nuestra vida.

Así que las primeras horas del año aparte de ingerir muchas cosas ricas nos la pasábamos jugando a los dados o a las cartas con los grandes.

Qué días aquellos! Agradezco por estar viva y rememorar todas y aquellas tantas horas felices, que supieron ser en tiempos aciagos uno de mis mejores recuerdos!!!

Quince años

Hace mucho, pero mucho tiempo, en el lejano Oriente, vivía una familia muy trabajadora y sencilla.

Los cuatro miembros de esta humilde familia compuesta por el padre, la madre, la única hija y su abuelita, siempre se reunían para charlar sobre los valores humanos que debían conservar, de esta manera evitarían que con el paso del tiempo y las tareas cotidianas los mismos se olvidaran. 

Este era un modo inteligente que empleaba esta familia como para lograr que sus hijos, nietos, bisnietos, tataranietos, etc., etc., pudieran ser más sabios cuando la sociedad en un futuro cayera en decadencia. 

En el día del cumpleaños número quince de su única hija, la madre la invitó a ir a su habitación, ahí ambas se sentaron en el borde de la cama, la madre sin decir demasiadas palabras sacó de adentro de un cajón un presente para su hija, el cual la jovencita rasgó con entusiasmo, abrió el envoltorio e inmediatamente se encontró con tres cajitas del mismo tamaño y numeradas del uno al tres.

Extrañada la quinceañera miró a su madre a los ojos, la que rápidamente con un empellón alentó a su hija para que abra la primera, al abrir la caja se encuentra con un espejo todo trabajado en láminas doradas como los de las princesas de los cuentos de hadas; no tardó mucho la joven en mirarse al espejo viéndose hermosa, al cabo de un minuto de ver reflejado su hermoso rostro se acuerda que tiene más regalos para abrir, así fue que al guardar nuevamente el majestuoso espejo en su caja ve que en la misma hay una tarjeta escrita que dice «TU PRESENTE» así es que la joven se queda pensativa dándose cuenta del mensaje, realmente es como es en ese momento de su vida, joven y hermosa.

Vuelve a dejar la tarjeta en su lugar, junto al espejo y sigue con el segundo regalo, lo mismo que con el primero lo abre inmediatamente y al observar el interior de la caja la niña pega un gritito ¡Ay! Se asusta y mira a su mamá que se ríe fuertemente, se queda más tranquila decidida a tomar entre sus manos el obsequio, lo que extrajo fue un pequeño esqueleto humano hecho de hueso de animal, y como en el otro regalo también había otra tarjetita, la joven la toma y lee «TU FUTURO». Ahí no supo bien y agarrando a su madre de la mano, la misma le explicó que eso quería decir que alguna vez seremos así en un futuro, cuando muy viejitos tengamos que partir de este mundo, y con el tiempo solo quedan en ella los huesitos nada más. 

Mientras la joven pensaba un poco aturdida y sin darse cuenta muy bien por que su madre le daba esa clase de regalos tomó el tercer regalo, al abrirlo vio distintas imágenes… Una imagen de Buda, otra imagen de Jesucristo y otra más de Dios… la niña ya más pensativa busco inmediatamente la tarjetita que, estaba segura, habría dentro de la cajita como sucedió en las dos anteriores y así fue que al acercarla para leer, su pequeña letra decía: «TU ETERNA» la joven dejó todas las cajas y abrazo muy fuertemente a su mamá que inteligentemente y por medio de estos tres presentes enseñaba con muchísima sabiduría lo más importante que tiene la vida y el paso por este mundo, aprender que todo está en constante cambio y todo pasa bajo el sol … la belleza, la fama, y hasta la fortuna no valen de nada cuando perdemos la juventud y su esencia. Pero si desarrollamos los valores eternos, los que no pasan de moda cuando la moda pasa, seguramente que cuando seamos mamás o abuelitas seremos tan sabias como esta señora del cuento y no pasaremos de moda, mucho menos temeremos irnos de este mundo porque habremos dado todo lo mejor que podemos dar: nuestro corazón puro y eterno.

La alfombra voladora

Cuando comenzaron las clases se acabó lo que se daba, en esos tiempos todos los niños tenían la posibilidad de ir al colegio y aprender mucho, no se necesitaba asistir doble jornada, con media alcanzaba y sobraba, la otra media jornada se hacía en la casa observando muy bien de terminar las múltiples tareas que nos daban a diario.

A mí me gustaba mucho leer, desde que me enseñaron a juntar las sílabas, no paré de maravillarme, la maravilla eran las infinitas posibilidades y el mundo que se podía construir con la unión de vocales y consonantes.

Así fue transcurriendo el año, sin pena ni gloria, primero llegó mi cumpleaños número ocho, luego las vacaciones de invierno y por último el día del niño en el que, me acuerdo patente, me regalaron un muñeco de plástico negro, lo más probable fue que yo se lo haya pedido a mis padres, como era un muñeco de plástico sin sexo y sin ropa seguro que era muy barato por eso no me hicieron cuestión y ahí estaba yo, jugando con mi muñeco negro. Fin de los regalos hasta la próxima navidad. 

Lo que recuerdo y creo, es que a los niños, en aquella época, no se les regalaba libros para recreación, y yo los únicos libros a los que podía acceder eran de aventuras y pertenecían a mi padre, digamos que eran como los libros de caballería en el siglo XVII,  los mismos que volvieron loco al Quijote de la mancha.

Capitán América, Sandokan, Taras Bulba, los cuatro fantásticos, sheherazade y las mil y una noches, que era el preferido de mi madre, y tantas otras revistas y libros, bien cuidados, estaban ahí, y yo tenía acceso aunque sea para mirar las figuritas.

Ese no fue un año fácil, escaseaba el trabajo fabril, por ese motivo y ya finalizando las clases, mi padre se encontraba sin trabajo, así que los regalos para esa navidad estuvieron ausentes aunque no así la imaginación de mis padres que se les ocurrió regalarme una alfombra persa usada,  enrollada y muy bien atada con un fabuloso moño, yo no entendía nada hasta que me dijeron apenas la desenrollaron con majestuosidad. 

Pase señorita y siéntese con las piernas cruzadas, esta es una alfombra muy especial y no cualquiera puede pisarla dijo mi padre. 

Es verdad dijo mi madre, sin poder aguantarse, no cualquiera puede viajar en esta alfombra voladora. 

¿Voladora? Me apure a preguntar entre alegre y ansiosa. 

Siiiii 

Contestaron los dos al unísono.

Puede volar por todos los sitios del mundo, siempre y cuando en la alfombra se lleven libros como acompañante.

Así fue que en parte me decían la verdad y en parte no, nunca pude, por más que le puse voluntad, hacer que la alfombra se eleve, aunque sea un ápice, pero lo cierto es que siempre que llevaba aunque sea un libro o una historieta arriba de la alfombra, ella verdaderamente levantaba vuelo y me llevaba a todos los confines, en donde los reyes y las reinas, las princesas y los mendigos, los elfos, los dragones y dinosaurios se daban cita. 

Nunca pude bajar verdaderamente de la alfombra, porque con su vehículo, los libros, me introdujeron en un mundo fantástico, lejos de la abrumadora e implacable realidad.

Veranos mágicos

Estos días estivales, y entre medio de las fiestas de navidad y fin de año, ya siendo grande, necesito vivirlos con calma, como si estuviese de vacaciones; tomarme un cafecito en la vereda, en la esquina de Av. Corrientes y Gascón, en plena pandemia, mientras la gente corre con sus changos y sus niños detrás de ellos. Eso es magnífico.

Necesito estas nano vacaciones, como si fuera un bocado previo a la fiesta.

Como el vaso de agua, esas noches, luego de haber bebido tanto.

Como tal, lo necesito.

Todo viene a cuento porque cuando niña me esforzaba muchísimo durante el año, casi no tenía tiempo ni para leer algo que no fuese relacionado al colegio.

Así que cuando terminaban las clases, el treinta de noviembre, se terminaba todo lo relacionado al estudio académico y comenzaba a levantarme más tarde, jugar, leer historietas sintiendo el sol tan cerquita.

Durante el verano y sobre todo los primeros días de mes, mi padre nos llevaba de paseo, a mi madre, a mi hermana y a mí, así que esa tarde de salida era toda una fiesta previa, generalmente estrenábamos ropa o zapatos, nos sentaban sobre la mesa para arreglarnos el pelo todavía húmedo y formarnos trenzas bien tirantes y moños en cada extremo. Antes de salir nos sermoneaban para que nos portemos bien y no les hiciéramos pasar vergüenza.

Así íbamos todos de paseo, entretenidos, mirando la vida pasar a través del vidrio del  colectivo y hasta llegar a destino íbamos todos muy dignos.

A mi hermana y a mí nos extasiaba mirar vidrieras, mi madre era loca de los zapatos así que zapatería que veíamos, nos parábamos, y la esperábamos mientras mi hermana y yo corríamos de un lado al otro, cosa que a mi madre no le gustaba nada.

Llegada la hora de cenar y bien predispuestos íbamos siempre a la misma pizzería porque el dueño era amigo de mi padre, así que ya teníamos siempre reservada una mesa al lado del ventanal sobre el primer piso.

¡Era un momento tan placentero el sentarnos a la mesa los cuatro con el ventanal abierto y pudiendo ver desde arriba las luces de neón!

Ni hablar cuando venía la pizza media masa, extremadamente caliente con la mozzarella chorreando, bien derretida como le gustaba a mi madre.

El lío que formábamos mi hermana y yo era hacer bollitos con las servilletas que tomábamos de cada extremo del servilletero, ese mismo que hoy es vintage, y los tirábamos para abajo hacia la calle haciéndonos las distraídas.

De regreso e invariablemente, mi padre le regalaba a mi madre un ramito de jazmines, el cual invariablemente también sería puesto en un florero arriba de la mesa de la pieza, todo ese clima estival, el cielo estrellado y el olor a jazmín me siguen acompañando.

¡¡Cuánto para algunos y qué poco para otros!! pero a nosotros esto nos hacía feliz.

Como lo soy hoy, con menos incluso que en aquella época, con un café simplemente, pero como en aquel entonces, me complazco entre fiestas viendo la gente pasar apurada y recordando el aroma de los jazmines.

Los pececitos

Cuando llega la noche, al ir a acostarme, me muero de miedo y no hay nadie junto a mí para arroparme y consolarme. Aunque en la pieza dormimos cuatro personas, mis padres, mi hermana y yo, igualmente sé que necesito, porque no me queda otra, que pase el tiempo, solita en mi cama.

El tic tac exagerado del reloj no hace mella en mí. El miedo sí, que me esmerila, me aplasta, me afiebra verdaderamente, por ese motivo imagino que estoy dentro de la pared, así, solo así no me atacarán las entidades malignas, los monstruos.

Dentro de la pared, como imagino en mi mente febril, estaría a salvo para comenzar a ascender por el interior de ella, comenzar a ascender para alejarme de lo malo, lo perverso, lo terrible… la muerte.

Es tal el esfuerzo mental que hago para no derrapar que cuando asciendo lo suficiente, incluso más allá de la pared, sigo y sigo subiendo como un globo de elio.

Y en mi desvarío, recuerdo que una vez, y de repente, se me aparece una mujer que se desprende de una constelación, corre con su hijo, un querubín hermoso que en sus manos lleva un arco y su flecha, ( con el tiempo supe quiénes eran) van rumbo al río escapando de sus propias muertes, los veo pasar nítidamente.

Por eso los recuerdo bien, y con el tiempo llego a saber que corren hacia un río para convertirse en peces. 

Llegado un cierto punto, mi mente no puede sostener más tal imaginación y comienzo  a descender, o directamente algunas veces caigo  por el interior de la pared ¡Qué horror me causa  tal descenso involuntario! ¡Por qué no puedo sostenerme en el aire el tiempo que necesito para dormirme! Si, todo, todo lo hago para escapar de la tan temida muerte.

Así entre ascenso y descenso el tiempo vuela sin volar, ese tiempo antes de dormir, a solas en mi cama, es un infierno en el cual me adentro conforme me vence el sueño.

El año lo comienzo así como siempre, salvo que al otro día sería 2 de Enero del 63 verano en Buenos Aires, cumpleaños número 27 de mi madre, yo tendría unos 7 años por aquel entonces.

Recuerdo ese calor asfixiante sumado a mi febril imaginación y que todos nos acostábamos a la misma hora, todos los días a la mismísima hora se escuchaba un rato el cuchicheo de mis viejos y la radio, que transmitía tanto una novela como un informativo, como no teníamos tv porque por aquella época era un artículo de lujo… solamente Francisco el vecino tenía una y de vez en cuando a pesar de él y por cortesía vecinal nos dejaba ver, a mi hermana y a mí, algún dibujito animado. Ahora recuerdo bien nitido a ese viejo, resentido y avaro, ese hombre era mi vecino, el de la pieza de al lado.

Al final, agotada, termino durmiéndome con el miedo en los huesos. Al otro día por la mañana me despertaron las voces alocadas de mi madre sobre todo, y en menor medida, la voz de mi padre.

Recuerdo que antiguamente esas voces que supuestamente deberían ser las mismas, en el transcurso del tiempo no lo son, por lo menos yo no las evoco así.

Antes, a diferencia de ahora, las voces de los grandes, y más aún de los niños, eran iguales que en las películas argentinas de los años 50, aflautadas, sentenciosas, quejosas, voces de reproche… voces… voces. Recuerdo la de mi madre como la de Nini Marshal y la de mi padre como la de Gardel.

Cuando logré despegar los ojos y salir un poco del letargo, lo primero que vi fue la cara preocupada de mis viejos observando algo, seguí la mirada de ellos y vi colgado prolijamente de la silla mi vestido de pececitos, con la falda quemada irregularmente, ese vestido era el que había estrenado con orgullo dos días antes, para fin de año y el cual había usado casi sin sacármelo, porque amaba ese vestidito. Antes no era tan frecuente el estreno de ropa, solo cuando cambiaba la estación, y hasta por ahí nomás, para nosotros de clase media baja era, con suerte, dos veces al año, invierno y verano. ¡Imagínense mi estupor!

En ese momento bajé la vista y debajo, entre las patas de la silla, entre un charco de agua, estaba esa pasta verde, la archiconocida y nunca bien ponderada espiral, de la cual quedaba el centro, el corazón clavado en la uñita de la lata como correspondía.

Después me dijeron que el vestido se cayó durante la noche encima de la espiral encendida y que podíamos habernos muerto todos.

Ahora, pasado más de 5 décadas, pienso que en ese preciso momento, que se incendiaba mi vestido de pececitos, acaso yo, no estaba escapando de la tan temida muerte.