
Hoy es martes, ayer fue feriado y junto con el sábado y domingo permitió que me relajara un tanto más, hoy 25 de noviembre está en el ambiente esa sensación mágica que trae aparejada las fiestas de navidad y fin de año.
Esta sensación me invita a retrotraerme a mi niñez, en la que iba llevada de la mano por mis padres a la casa de mis tíos y primos José y Osvaldo.
Osvaldo cumplía años el mismo 31 de diciembre, era el más chico y también el más rebelde, fornido y medio rubiecito, cuando se ponía nervioso, agarrate! Comenzaba a transpirar, se ponía rojo y enrollando la lengua de los nervios arremetía contra la osamenta de alguna prima y ahí sí, a correr se ha dicho!
En cambio José era la antítesis, medio serio, morochito, muy delgado y alto para sus 15 o 16 años, era la viva imagen de su padre, mi tío, que Dios lo tenga en la gloria, era un santo, aquel, el de los ojos glaucos al cual le decíamos cariñosamente «tío pepe» su esposa, o sea mi tía Cele, diminutivo de Celestina, era hermana de mi padre, una mujer muy trabajadora, bajita y carnosa, también era una persona paciente y amorosa con todos los sobrinos y estoy segura que con todos los vecinos del barrio.
Los días que pasábamos en su casa, era una verdadera hecatombe de primos y primas jugando por todos lados, gritos, algarabía, chanzas, corridas y la infaltable pirotecnia, la delicia de todos, porque antes se podía comprar estos juguetes sin deteriorar tanto el bolsillo: rompeportones, petardos, cañitas «gigantes» voladoras triangulitos que hacían las delicias de chicos y grandes, todo era una gran sinfonía que iba in crescendo hasta llegar a estar cerca de las 12 en que todas las músicas se superponían pero la que más sobresalía era la música del estruendo que provocaban los ruidos de la pirotecnia como si varios aviones y martillos neumáticos formaran parte de la orquesta. Qué éxtasis recibir el año así, con tanta algarabía infantil.
Ya llenos por tanta comida navideña absolutamente preparada por nuestros padres, a saber: matambre, lechón o asado, mayonesa de ave hecha con mayonesa casera, ensaladas varias, inclusive la infaltable olla grande de ensalada pero de frutas, acompañaba a los frutos secos, pan dulce y hasta helados!!! Y así entre risa y risa comíamos juiciosos y muy educados en la mesa, alguna que otra miguita de pan se convertía en voladora pero nada que pudiera hacer enojar a los padres.
Ahhh que época aquella, en la que se podía jugar libremente en la calle y hasta sentarte en la vereda de tu casa sin tener que estar temeroso de algo o de alguien.
Desde aquella época corrió mucha agua bajo el puente, se rompió el contrato social y hoy festejamos en nuestra casa con nuestros hijos cuidando cuando entran de mirar bien para los costados y cerrar bien la reja. El consumo de pirotecnia bajó considerablemente por el gasto enorme que significa, y para no hacer daño a los animales. La mayonesa que antes era casera hoy se compra, al igual que el matambre, las familias se fueron atomizando y es raro ver 25 personas festejando en los departamentos, pasando la navidad y el fin de año todos juntos porque para eso están los bares hoy en día.
Siguiendo con el recuerdo el 1° de enero a la noche cada familia volvía a su casa, no sin pena de despedirnos entre los primos, nos íbamos con el corazón contento y la panza muy llena luego de haber comido y bebido como si hubieran sido los últimos días de nuestra vida.
Así que las primeras horas del año aparte de ingerir muchas cosas ricas nos la pasábamos jugando a los dados o a las cartas con los grandes.
Qué días aquellos! Agradezco por estar viva y rememorar todas y aquellas tantas horas felices, que supieron ser en tiempos aciagos uno de mis mejores recuerdos!!!