Zoraida

Mi vecina Laila, la turca bajita de mediana edad, con el pelo renegrido que le llegaba debajo de la cintura y con una tez muy blanca, vivía en la primera habitación ni bien entrando por el pasillo a la derecha.

Los grandes de la comunidad decían que Laila, ante sus prolongadas ausencias, viajaba constantemente a Arabia, otros los contradecían argumentando que trabajaba en un circo.

Lo cierto es que nunca se supo nada de la boca de ella, al parecer era una mujer muy reservada.

Al pie del muro enfrente de la pieza de la turca había un cantero con tierra y sin plantas. 

Un día, jugando, comencé a escarbar la tierra tratando de hacer un pozo tan grande que me pudiese llevar hasta el otro lado del mundo, como aseguraban los grandes que así era, escarbé un buen rato hasta que se me ocurrió poner sobre el hoyo un vidrio transparente que quedó de un porta retratos en desuso. 

Al rato de colocar el vidrio, encima del pozo, apareció una víbora, larga para mi corta estatura, esa acción brusca hizo que me vaya para atrás contra las puertas de la habitación de Laila, una puerta de dos hojas marrón que se abrió con el golpe, caí dentro del recibidor de mi vecina, yo sabía que no estaba y que no vendría de sopetón por eso aproveché a cerrarla para escapar de la víbora. Cuando me repuse comencé a mirar con ojos asombrados todas las posesiones de ella, lo primero que sostuve entre mis manos fue una pequeña capilla hecha en plástico clarito muy repujado, en el frente tenía dos puertas como tejidas en macramé, llena de orificios y muy gótica, las abrí para ver qué había adentro de la capillita y ahí zas, se me rompió una de las puertas, ansiosa traté de componerla como pude pero supe que sería imposible recomponer tanta belleza, la dejé de lado y seguí mirando porque no tenía pensado salir de esa pieza hasta que mi madre comenzara a buscarme insistentemente, y recién ahí cuando saliera a la calle a buscarme yo correría para el fondo no si antes juntar las dos hojas de la puerta y pegarles un tirón para mi lado, así se cerrarían correctamente y nadie sospecharía mi incursión.

Ya a salvo y adentro de la habitación de mi vecina seguí observándolo todo. 

Las paredes estaban repletas de cuadros con fotos al parecer de familiares, color sepia, muy antiguas. 

Sobre la cómoda tenía un hermoso perfumero, sobre el vidrio que la protegía, una polvera y un cepillo majestuoso para el pelo con el dorso todo repujado y enmarcado en dorado. Debajo del vidrio tenía tres fotos, una de una niña con un velo, el cual le dejaba solamente los ojos al descubierto. Otra, de una joven con un Rosario entre las manos, y en la foto contigua se veía gente en la escollera de un barco, mirando atónitos al fotógrafo.

El piso de madera de pinotea de la habitación todavía emanaba olor a cera, prolijamente lustrado, como si esperara visitas de un momento a otro.

Deje de lado la cómoda para pasar a observar su cama con su mesa de luz, todo hacía juego, unos muebles color caoba todos tallados prolijamente y lustrados a más no poder. Las cosas estaban perfectamente en su lugar incluyendo unos libros que tenía en una repisa sobre la mesa de luz,  los cuales llamaron poderosamente mi atención. Los tome a todos y me senté juiciosamente en su mullida cama, sin hacer demasiado ruido, porque esas camas eran de resortes, y a veces con el paso del tiempo se oxidaban y solían ser muy ruidosas.

Agucé mis oídos y presentí que en ese momento estaba todo tranquilo mientra pasaba la mano sobre la tapa de un libro, cuyas letras doradas rezaban:  «ZORAIDA relato de Miguel De Cervantes»

Me llamó tanto la atención el color,  las letras profusas en relieve y el dibujo de la portada que no pude resistirme a investigar de qué se trataba. La primer hoja estaba dedicada, «Para Laila con afectuosa amistad, debajo estaba firmado.

A partir de ese momento tuve muchos deseos de robar su libro, pero el miedo de que me descubrieran era muy fuerte, al final pensé que tomarlo prestado unos días no le haría mal a nadie, en mi casa no se darían cuenta porque en ella, aunque escasos, no faltaban buenos libros.

En un momento me pareció que mi madre andaba por ahí, y en menos de un minuto estaría buscándome por todos lados por eso decidí salir inmediatamente de aquella pieza tan enigmática, no sin antes llevarme el libro. 

Así fue que en menos de lo que me imaginé abrí rápidamente la puerta y la cerré con toda la maña detrás de mí. 

Cuando me dirigía al final del pasillo, en el patio, mi madre me auscultó de arriba abajo a ver si venía de hacer una travesura, como yo supe disimular muy bien, sacó su pupila de mi ser y se dirigió a la cocina. Yo me fui a la pieza a leer tranquila, por lo menos por unos días.

……

Me senté en la cama, comencé a explorar el libro en el que en la contratapa decía:

El «relato del cautivo» se inserta cuando, estando reunidos en la venta don Quijote de la Mancha y toda su crecida compañía, pide alojamiento un cautivo de Argel recién libertado al que acompaña Zoraida, una hermosa mora que desea ser bautizada en el rito católico, y la libertad de ambos en una arriesgada huida.

Ese libro fue mi compañero durante mis eternos días y noches de verano.

De Laila no se supo más nada, nadie quería hablar del asunto, pasaron meses y un día cuando volvía del colegio me choque con gente que sacaba los muebles que yo llegué a conocer, salían de aquella pieza que para mí, siempre, siempre fue un misterio.

El álbum

Cuando niña me divertía mucho y hasta me obsesionaba con todo lo que fuera de papel, así que cuadernos, libros, cartas de alguien hacia alguien, figuritas con brillos, álbumes, estampillas, estampitas de Santos y vírgenes o niño Dios, partidas de nacimiento, revistas, letras hechas con papel metalizado de las marquillas de cigarrillos y un sinfín de objetos más en esa categoría eran producto de mi admiración y hasta embelezamiento.

Podía pasarme horas con un libro en la mano tratando de declamar en lo alto de un banco largo a Shakespeare, o leyendo en voz alta la vida es sueño de Calderón de la Barca.

Todos mis juguetes eran: el ingenio y la imaginación por gusto propio.

Mi madre sabía mis preferencias, por eso cuando aparecía en la televisión el lanzamiento de algún álbum de figuritas me lo compraba, y el desafío era: ¡¡¡ Llenarlo cuanto antes!!! 

Así que periódicamente, y gracias a sus ahorros, me podía dar el lujo de comprar varios sobres y luego cambiar, mis queridas inmaculadas y brillosas figuritas repetidas, en la escuela.

Qué placer era llegar a mi casa, dejar el portafolio, sacarme el delantal, asearme y almorzar juiciosamente. 

La tarde era un momento de gran placer para mi. 

Con la mesa limpia y todo en orden mi madre se disponía a mirar su novela preferida y yo me deleitaba con mi álbum de figuritas perfectamente recortadas y sumamente 

brillosas. 

Qué apoteótico era el momento en que abría el álbum y lo ojeaba despacio paseando mi vista por cada una de ellas tal como lo haría un joyero al tasar su valiosa mercancía. Yo podía bailar al compás del príncipe o entristecerme y alegrarme con la desgracia o felicidad de la cenicienta, o quedarme absorta inocentemente mirando el cajón mortuorio vidriado de la Bella Durmiente del Bosque.

Cada día era una fiesta de Plasticola y figuritas en medio de la rutina. Ver que las siluetas vacías se van rellenando mientras el álbum se va abultado no tiene igual.

Nunca voy a olvidar el día que llegué con mi última figurita, la más difícil de conseguir, esa que haría de mi álbum una obra maestra.

Yo lo había dejado sobre el banco desde donde declamaba, pero ya no estaba, el álbum había desaparecido, alguien me lo había robado, y me quedé buscándolo con la última figurita que no dejaba de brillar en mi mano.

Hasta hoy lo busco en mi mente.

Si alguien lee este cuento y sabe algo  le agradecería que me haga saber a quien le faltó una madre que le regalara sueños a su hija.

Los pececitos

Cuando llega la noche, al ir a acostarme, me muero de miedo y no hay nadie junto a mí para arroparme y consolarme. Aunque en la pieza dormimos cuatro personas, mis padres, mi hermana y yo, igualmente sé que necesito, porque no me queda otra, que pase el tiempo, solita en mi cama.

El tic tac exagerado del reloj no hace mella en mí. El miedo sí, que me esmerila, me aplasta, me afiebra verdaderamente, por ese motivo imagino que estoy dentro de la pared, así, solo así no me atacarán las entidades malignas, los monstruos.

Dentro de la pared, como imagino en mi mente febril, estaría a salvo para comenzar a ascender por el interior de ella, comenzar a ascender para alejarme de lo malo, lo perverso, lo terrible… la muerte.

Es tal el esfuerzo mental que hago para no derrapar que cuando asciendo lo suficiente, incluso más allá de la pared, sigo y sigo subiendo como un globo de elio.

Y en mi desvarío, recuerdo que una vez, y de repente, se me aparece una mujer que se desprende de una constelación, corre con su hijo, un querubín hermoso que en sus manos lleva un arco y su flecha, ( con el tiempo supe quiénes eran) van rumbo al río escapando de sus propias muertes, los veo pasar nítidamente.

Por eso los recuerdo bien, y con el tiempo llego a saber que corren hacia un río para convertirse en peces. 

Llegado un cierto punto, mi mente no puede sostener más tal imaginación y comienzo  a descender, o directamente algunas veces caigo  por el interior de la pared ¡Qué horror me causa  tal descenso involuntario! ¡Por qué no puedo sostenerme en el aire el tiempo que necesito para dormirme! Si, todo, todo lo hago para escapar de la tan temida muerte.

Así entre ascenso y descenso el tiempo vuela sin volar, ese tiempo antes de dormir, a solas en mi cama, es un infierno en el cual me adentro conforme me vence el sueño.

El año lo comienzo así como siempre, salvo que al otro día sería 2 de Enero del 63 verano en Buenos Aires, cumpleaños número 27 de mi madre, yo tendría unos 7 años por aquel entonces.

Recuerdo ese calor asfixiante sumado a mi febril imaginación y que todos nos acostábamos a la misma hora, todos los días a la mismísima hora se escuchaba un rato el cuchicheo de mis viejos y la radio, que transmitía tanto una novela como un informativo, como no teníamos tv porque por aquella época era un artículo de lujo… solamente Francisco el vecino tenía una y de vez en cuando a pesar de él y por cortesía vecinal nos dejaba ver, a mi hermana y a mí, algún dibujito animado. Ahora recuerdo bien nitido a ese viejo, resentido y avaro, ese hombre era mi vecino, el de la pieza de al lado.

Al final, agotada, termino durmiéndome con el miedo en los huesos. Al otro día por la mañana me despertaron las voces alocadas de mi madre sobre todo, y en menor medida, la voz de mi padre.

Recuerdo que antiguamente esas voces que supuestamente deberían ser las mismas, en el transcurso del tiempo no lo son, por lo menos yo no las evoco así.

Antes, a diferencia de ahora, las voces de los grandes, y más aún de los niños, eran iguales que en las películas argentinas de los años 50, aflautadas, sentenciosas, quejosas, voces de reproche… voces… voces. Recuerdo la de mi madre como la de Nini Marshal y la de mi padre como la de Gardel.

Cuando logré despegar los ojos y salir un poco del letargo, lo primero que vi fue la cara preocupada de mis viejos observando algo, seguí la mirada de ellos y vi colgado prolijamente de la silla mi vestido de pececitos, con la falda quemada irregularmente, ese vestido era el que había estrenado con orgullo dos días antes, para fin de año y el cual había usado casi sin sacármelo, porque amaba ese vestidito. Antes no era tan frecuente el estreno de ropa, solo cuando cambiaba la estación, y hasta por ahí nomás, para nosotros de clase media baja era, con suerte, dos veces al año, invierno y verano. ¡Imagínense mi estupor!

En ese momento bajé la vista y debajo, entre las patas de la silla, entre un charco de agua, estaba esa pasta verde, la archiconocida y nunca bien ponderada espiral, de la cual quedaba el centro, el corazón clavado en la uñita de la lata como correspondía.

Después me dijeron que el vestido se cayó durante la noche encima de la espiral encendida y que podíamos habernos muerto todos.

Ahora, pasado más de 5 décadas, pienso que en ese preciso momento, que se incendiaba mi vestido de pececitos, acaso yo, no estaba escapando de la tan temida muerte.

Aquellos superhéroes

Yo supe bien lo que era estar aquí y ahora. Tenía, cuando niña, esa sapienza que sólo saben tener los muy sabios, sabía disfrutar cada momento a mis anchas dentro de mi esfera, aquella a la cual no accedía nadie animado. Solamente cosas inanimadas invadían mi peculiar espacio, mi mundo, aquellas cosas eran, por ejemplo, las historietas, al entrar ellas en mi pequeño campo esférico, cobraban vida, ahí aguzaba todos mis sentidos como si yo fuera una maga, y les proporcionaba vida a esas hojas, que para mí, eran pocas, nunca irían a alcanzarme pilas de historietas y veranos enteros como para darme una panzada de imaginación desbordada por todos los poros de mi cuerpo, una panzada de humor, estupor, alegría, esperanza, aprendizaje. Mi alimento en esa época infantil-estival era el alimento mental-espiritual-sentimental y viceversa. 

Pasar la mano por cada hoja inicial de alguna historieta era como leer en braille, en verdad tenía esa capacidad, las imágenes y las letras cobraban vida y me hacían viajar junto con los superhéroes a un país más justo, donde la palabra, la equidad, el accionar, podían poner orden, y vencer a tanto caos, desconcierto, miedo y falsedad.

Hoy lo recuerdo y me acerco mucho a esa esfera, rescato tal sentimiento y pienso que esa niña todavía está en mí, ya sin la esfera, ya sin el aquí y ahora la mayor parte del tiempo, pero con la esperanza de que los superhéroes no mueran nunca, que la verdad y la justicia sean siempre ese combustible que nos aliente en cada suspiro de nuestra vida.