
Cuando niña me divertía mucho y hasta me obsesionaba con todo lo que fuera de papel, así que cuadernos, libros, cartas de alguien hacia alguien, figuritas con brillos, álbumes, estampillas, estampitas de Santos y vírgenes o niño Dios, partidas de nacimiento, revistas, letras hechas con papel metalizado de las marquillas de cigarrillos y un sinfín de objetos más en esa categoría eran producto de mi admiración y hasta embelezamiento.
Podía pasarme horas con un libro en la mano tratando de declamar en lo alto de un banco largo a Shakespeare, o leyendo en voz alta la vida es sueño de Calderón de la Barca.
Todos mis juguetes eran: el ingenio y la imaginación por gusto propio.
Mi madre sabía mis preferencias, por eso cuando aparecía en la televisión el lanzamiento de algún álbum de figuritas me lo compraba, y el desafío era: ¡¡¡ Llenarlo cuanto antes!!!
Así que periódicamente, y gracias a sus ahorros, me podía dar el lujo de comprar varios sobres y luego cambiar, mis queridas inmaculadas y brillosas figuritas repetidas, en la escuela.
Qué placer era llegar a mi casa, dejar el portafolio, sacarme el delantal, asearme y almorzar juiciosamente.
La tarde era un momento de gran placer para mi.
Con la mesa limpia y todo en orden mi madre se disponía a mirar su novela preferida y yo me deleitaba con mi álbum de figuritas perfectamente recortadas y sumamente
brillosas.
Qué apoteótico era el momento en que abría el álbum y lo ojeaba despacio paseando mi vista por cada una de ellas tal como lo haría un joyero al tasar su valiosa mercancía. Yo podía bailar al compás del príncipe o entristecerme y alegrarme con la desgracia o felicidad de la cenicienta, o quedarme absorta inocentemente mirando el cajón mortuorio vidriado de la Bella Durmiente del Bosque.
Cada día era una fiesta de Plasticola y figuritas en medio de la rutina. Ver que las siluetas vacías se van rellenando mientras el álbum se va abultado no tiene igual.
Nunca voy a olvidar el día que llegué con mi última figurita, la más difícil de conseguir, esa que haría de mi álbum una obra maestra.
Yo lo había dejado sobre el banco desde donde declamaba, pero ya no estaba, el álbum había desaparecido, alguien me lo había robado, y me quedé buscándolo con la última figurita que no dejaba de brillar en mi mano.
Hasta hoy lo busco en mi mente.
Si alguien lee este cuento y sabe algo le agradecería que me haga saber a quien le faltó una madre que le regalara sueños a su hija.


