Siendo chica tuve la suerte de jugar con mi abuela materna por muchos años, ella, aparte de jugar conmigo, me enseñó a cocinar algunos platos sencillos, y mientras cocinábamos, y en medio de un festival de productos, terminaba yo, toda embadurnada de harina hasta las orejas.
Cuando ya me cansaba un poco de jugar a ser cocinera, ella me llamaba diciéndome
-habibi…ven para aquí quiridita-, y me arreglaba el pelo, y me quitaba con su delantal impecable el exceso de harina de mi cara, y de mi ropa. Durante esas sesiones solía preguntarle cómo había sido el largo viaje desde Siria hasta Argentina, o, por qué su papá fumaba en un aparato con mangueras, ante estas preguntas enigmáticas para mí, mi abuela se mataba de risa y me enseñaba que ese aparato se llamaba Narguile. Y eran cosas de hombres.
Me contó muchas veces la historia del barco en el que vinieron mi abuela, llamada Latifiz Homsen, sus hermanos y sus padres, y en el que casi sucumbieron debido a un tifón que se desató en medio de la noche en alta mar.
Estuvieron una semana descompuestos de tanto movimiento.
Yo me quedaba inquieta por querer saber más de sus historias en aquel pueblo cerquita de la ciudad de Homs, así que mi abuela me daba el gusto, nos sentábamos las dos solitas alrededor de la mesa esperando que la masa leve y las verduras estén en su punto justo.
Cerquita de mi pueblo -me contaba mi abuela, agarrándome la mano- había una señora anciana conocida de mi madre, que vivía cerca del lago Al-Assad y ese lago era la continuación del río Eufrates.
Esa anciana vivía en una cabaña muy cerca de la laguna, por alguna extraña razón allí y en sus alrededores habia una energía muy densa, la cual provocaba que mucha gente se sintiera muy atraída para cometer suicidio, llegaban hasta el borde sólo para suicidarse tirándose a la laguna de cabeza.
Esa anciana, conocida de mi madre, sabiendo eso, atendía con mucho cuidado a quienes se acercaran a dicha laguna, a menudo era capaz de disuadirlos de que renuncien a la idea del suicidio.
Sus buenos actos fueron ampliamente reconocidos, me dijo mi abuela, así que para premiar su amabilidad el gobierno prometió recompensarle, pagándole una considerable suma de dinero cada vez que ella salvara a alguien de ahogarse.
La anciana no estaba dispuesta a aceptar tal ganancia inesperada, pero los empleados públicos la terminaron convenciendo.
Desde ese entonces, cuando ella salvara a alguien de ahogarse, recibiría una recompensa.
Estas recompensas se convirtieron en unos suculentos ingresos.
Pasó el tiempo y por alguna cuestión la gente dejó de venir a la laguna para suicidarse
“Ella estaba frustrada y así se lo comentó a mi madre” dijo mi abuela,
“¡¡Que extraño, que inusual!!” Decía
“¿ Por qué no hay más negocio? ¿Que le ha ocurrido a toda esa gente que no quiere matarse?”
Se hizo un largo silencio entre ambas.
Entonces mi abuela, pasándose la mano por la cara como para encontrar inspiración divina y cuidar sus palabras, terminó explicándome que los seres humanos deberíamos mantener un corazón puro y sincero al tratar con todos los aspectos de la vida.
Hacer buenos actos desde un corazón sincero es la forma más natural de comportarse de un ser humano.
El valor de tan buena acción no cambiará, sin importar si otra gente sabe sobre éste, o intenta realizar alguna forma de devolución.
Mi abuela terminó enseñándome que los ojos del cielo son claros y agudos como un relámpago. No cometen errores.
De manera que sin importar si los buenos actos son notados o recompensados en la tierra podemos soltar nuestro apego a la alabanza y el reconocimiento.
Cuando fui grande me di cuenta que entre levada y hervor, mi abuela Latifiz, iba introduciéndome en cuentos de las mil y una noches.



